Caso clínico: Joven queda paralítico y muere por comerse una babosa

El joven se comió al animal como parte de un reto entre amigos, pero la broma terminó por costarle la conciencia, movilidad y, en última instancia, la vida

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Dentro de la medicina, existen cientos de historias y casos clínicos sorprendentes, algunos de ellos ocasionados por enfermedades o síntomas extraños, accidentes insólitos o personas con una biología particular. Sin embargo, una amplia parte son ocasionados por descuidos, malas decisiones o, simple y sencillamente, gente joven que no mide las consecuencias de sus actos.

Recientemente el joven protagonista de uno de estos episodios falleció por haber ingerido una babosa infectada con el parásito Angiostrionglyus cantonensis. El patógeno le provocó una forma particularmente agresiva de angiostrongliasis, que a su vez lo puso en un coma en el que permaneció durante 420 días. Al despertar, sufrió de una parálisis de cuerpo completo que le impidió moverse o comer de forma independiente hasta su muerte, siete años después.

La muerte del joven fue informada por Lisa Wilkinson, directora ejecutiva de la cadena australiana 10 Daily. La conductora afirmó en su artículo que el incidente que originó el caso clínico sucedió en 2010, cuando el paciente estaba en una fiesta con sus mejores amigos en el patio de uno de ellos. Uno de ellos observó una babosa moviéndose lentamente por el suelo, a lo que sugirió, como un reto, que deberían comérsela.

El joven que se decidió a comer el animal rápidamente empezó a sentir debilidad y mareo en general, dolores en las piernas y vómitos violentos. Cuando se le llevó a urgencias, los doctores le alcanzaron a diagnosticar angiostrongliasis poco antes de que cayera en coma. Cuando despertó, los especialistas médicos determinaron que el patógeno se había alojado en su cerebro, provocándole un daño neuronal permanente.

De acuerdo con los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC), el patógeno que afectó al joven suele transmitirse precisamente por la ingesta de animales crudos o poco cocinados que ingieren heces de roedores. Mientras que el parásito puede recorrer el sistema de las ratas sin afectar al huésped, en humanos se aloja en el abdomen o el cerebro, provocando daños en hígado, visión, habilidades cognitivas, vasos sanguíneos, etcétera.