En el tiempo que te toma leer esta columna, miles —quizá millones— de personas habrán consumido contenido sobre salud con solo abrir una red social, hacer una búsqueda en Google o preguntarle a una herramienta de inteligencia artificial. El problema ya no es el acceso a la información. El problema es la calidad de las respuestas.
Porque junto con fuentes médicas serias convive una descomunal industria de charlatanería digital integrada por falsos expertos, gurús de bienestar, vendedores de suplementos milagro e “influencers” que monetizan el miedo, la polémica y la desinformación. Y eso es gravísimo.
Quienes pertenecemos a la generación “X” fuimos testigos de la transición analógica a la digital. Recordamos el Y2K y la incertidumbre que provocó. Pero ni aquel cambio tecnológico se compara con la velocidad a la que hoy una opinión sin sustento puede viralizarse y superar en alcance a años de evidencia científica.
Vivimos en una economía de la atención donde un video de 30 segundos puede tener más impacto que un consenso médico internacional.
Así, millones de personas consumen como equivalente una opinión improvisada en TikTok y la postura de un especialista acreditado. Se cuestionan vacunas sin evidencia, se promueven tratamientos milagro, se trivializan enfermedades complejas y se simplifican diagnósticos serios en formatos diseñados para entretener, no para informar.
Ni siquiera hace falta ir lejos para encontrar ejemplos. México recientemente vio el caso de una falsa psiquiatra que, sin cédula profesional ni formación médica adecuada, prescribía medicamentos controlados. Un caso extremo, sí, pero también síntoma de una era donde la visibilidad muchas veces pesa más que la credibilidad.
Por eso, en salud ya no basta con tener información correcta. Debemos saber comunicarla estratégicamente porque de poco sirve que un hospital, laboratorio, institución médica o especialista posea evidencia robusta si su mensaje compite sin estrategia contra contenidos diseñados para manipular emociones, generar clics o explotar el desconocimiento.
Comunicar salud hoy exige mucho más que emitir mensajes técnicos; exige entender cómo evolucionó el consumo de información, qué plataformas moldean la percepción pública, qué voces generan confianza real y qué medios mantienen estándares editoriales capaces de filtrar ruido, verificar datos y traducir ciencia con responsabilidad.
Porque mientras el periodismo especializado y los profesionales serios verifican, contrastan y contextualizan, la desinformación simplemente publica… y corre más rápido. Y ahora el fenómeno se complejiza aún más con la irrupción de la inteligencia artificial.
Cada vez más personas no solo buscan en Google o redes sociales: consultan sistemas de IA para interpretar síntomas, entender diagnósticos o explorar tratamientos. Esto redefine por completo la arquitectura de la influencia en salud y eleva el estándar de responsabilidad para quienes producen, posicionan y distribuyen información médica.
Hace años tuve la oportunidad de entrevistar al doctor Manuel Velasco Suárez, pionero de la bioética en México, quien sostenía que la ciencia sólo encuentra legitimidad cuando se pone al servicio de la dignidad humana. Pocas reflexiones resultan hoy tan vigentes.
Quienes ejercemos el periodismo, la comunicación estratégica y la consultoría en salud debemos recordarlo siempre: en pocas industrias la comunicación tiene consecuencias tan directas sobre la vida de las personas.
Porque en salud, comunicar mal no sólo desinforma. Comunicar mal puede enfermar. Y en ciertos casos, incluso, matar.
Ricardo Rodríguez es director general de la agencia de relaciones públicas Comunicación + Contenido.
