Hace un par de semanas mientras impartía una sesión del Diplomado en Liderazgo Médico y Transformación Integral de la Práctica Profesional del Colegio Mexicano de Especialistas en Ginecología y Obstetricia (COMEGO), preguntaba a los médicos sobre cuándo iniciaba la consulta con los pacientes.
Y las respuestas fueron las esperadas; es decir, cuando el paciente entra al consultorio, cuando inicia el interrogatorio o cuando se abre el expediente, pero no son del todo correctas porque la consulta comienza mucho antes.
Empieza cuando una persona escribe el nombre del médico en un buscador, revisa opiniones de otros pacientes, observa una fotografía, encuentra —o no— una página web, explora sus redes sociales y comienza a construir una idea de quién es ese profesionista. Para cuando cruza la puerta del consultorio, la primera impresión ya existe.
Durante más de dos décadas ejerciendo el periodismo especializado y la comunicación estratégica, he entrevistado a cientos de médicos. He conocido investigadores extraordinarios, cirujanos brillantes y especialistas que han salvado miles de vidas. Sin embargo, también he descubierto una paradoja: el mejor médico no siempre es el que el paciente elige.
¿Por qué? Porque el paciente no puede evaluar, antes de la consulta, la calidad de una cirugía o la precisión de un diagnóstico. Lo único que puede valorar es aquello que alcanza a ver. Y eso es comunicación.
Durante años, las facultades de medicina hicieron exactamente lo que debían hacer: formar excelentes médicos. Enseñaron anatomía, fisiología, farmacología, cirugía, diagnóstico y ética. Pero prácticamente ninguna enseñó cómo construir confianza.
Hace treinta años el médico era la principal fuente de información en salud. Hoy el paciente llega después de consultar Google, redes sociales, videos, foros e incluso herramientas de inteligencia artificial. Ese ya es el nuevo punto de partida de la consulta.
Lejos de representar una amenaza, esta realidad ofrece una enorme oportunidad para quienes entienden que el conocimiento necesita ser acompañado por una comunicación clara, empática y profesional. Cuando la información abunda, la confianza adquiere todavía más valor. Y pocas profesiones poseen un capital de confianza tan grande como la medicina.
Cada médico recibe ese patrimonio simbólico el día que obtiene su título. Pero también puede fortalecerlo… o debilitarlo.
La reputación ya no depende únicamente de lo que ocurre dentro del consultorio, depende también de mirar a los ojos, escuchar sin interrumpir, explicar con claridad, responder una reseña en internet, mantener actualizada la información profesional y actuar con congruencia dentro y fuera del entorno digital.
La evidencia científica demuestra que una comunicación efectiva mejora la adherencia al tratamiento, incrementa la satisfacción del paciente y favorece mejores resultados clínicos. Escuchar con atención no es un gesto de cortesía, es parte del tratamiento.
Muchos especialistas creen que, si no publican contenido en redes sociales, simplemente no comunican. Sucede exactamente lo contrario. Un perfil abandonado comunica. Una fotografía antigua comunica. Una reseña sin respuesta comunica. Incluso no aparecer en internet comunica.
La pregunta nunca ha sido si un médico comunica. La verdadera pregunta es qué está comunicando sin proponérselo porque la inteligencia artificial añadirá una nueva capa a esta realidad ya que millones de personas ya consultan plataformas conversacionales antes de acudir al especialista, lo cual no sustituye el juicio clínico, pero sí modifica el recorrido del paciente antes de decidir con quién atenderse.
Por eso hoy todos los médicos trabajan en dos consultorios: uno físico y otro digital, pero recordemos que ambos requieren preparación, ética, cercanía, consistencia y profesionalismo. No se trata de convertirse en “influencer”. La medicina necesita líderes capaces de comunicar con la misma calidad con la que ejercen su profesión.
Porque comunicar no significa hablar más. Significa generar confianza. La ciencia salva vidas. La comunicación hace que las personas lleguen a ella.
Ricardo Rodríguez es director general de la agencia de relaciones públicas Comunicación + Contenido.
