En México, la mayoría de las personas adultas vive con sobrepeso u obesidad, una realidad que ya no puede leerse como un asunto de voluntad individual sino como una enfermedad crónica con consecuencias graves para la salud pública. Esta condición eleva el riesgo de daño cardiovascular, renal, hepático y deteriora la calidad y la esperanza de vida, de acuerdo con los análisis de salud poblacional difundidos por el Instituto Nacional de Salud Pública.
Hay un componente del que se habla poco y que está presente en la vida diaria. Me refiero al ruido alimentario, que describe el conjunto de señales externas e internas que fomentan la ingesta calórica más allá de la necesidad metabólica. Incluye estímulos del entorno (publicidad, fácil acceso, señales sociales), impulsos sensoriales (palatabilidad, aroma y textura) y señales cognitivo-emocionales (antojo, hábito, anticipación de recompensa). Como concepto, ayuda a explicar por qué muchas personas consumen en exceso. La literatura científica reciente lo describe con mayor precisión y propone herramientas para medirlo, incluido un cuestionario validado que evalúa su impacto en bienestar mental y hábitos alimentarios, con publicaciones en Nutrients en 2023, Obesity en 2025 y Nutritional Diabetes en 2025.
El ruido alimentario cambia el terreno, considerarlo como síntoma principal de la obesidad replantea los objetivos de la intervención, no es solo fuerza de voluntad, si no modificar la exposición a señales, fortalecer el control inhibitorio y emplear herramientas farmacológicas y conductuales que reduzcan el apetito motivado por las señales. Quien vive con obesidad no sólo enfrenta un entorno obesogénico, es decir, abundancia de ultraprocesados, horarios fragmentados y señales constantes que disparan antojos, también lidia con un ruido mental que secuestra la atención y dificulta sostener decisiones saludables.
Nombrarlo con precisión ayuda a desactivar culpas estériles y centrar la conversación en lo que sí funciona: educación, acompañamiento clínico, intervención farmacológica y estrategias conductuales que devuelvan control a la persona.
El programa STEP, un conjunto de estudios clínicos aleatorizados controlados que evaluó un agonista de los receptores de GLP1 de vida media prolongada de uso semanal, muestra pérdida de peso sustancial frente a placebo, junto con reducciones reportadas por los pacientes en el apetito, menos episodios de ingesta incontrolada, y mejoras en cuestionarios de control de la conducta alimentaria. Estos cambios son coherentes con una disminución del impacto del ruido alimentario.
Un dato útil proviene de la comunidad científica reunida en la European Association for the Study of Diabetes. En 2025, durante su congreso en Viena, se presentaron resultados de la encuesta INFORM realizada en EE. UU. que mostraron una reducción de 46 % en la frecuencia de pensamientos constantes sobre comida a lo largo del día tras iniciar manejo para control del peso, con mejoras referidas en salud mental y hábitos cotidianos. Más allá de la cifra, el mensaje central es que la intervención clínica, cuando está indicada y se da bajo supervisión profesional, puede reducir ese ruido y facilitar cambios sostenibles, siempre evitando la automedicación.
Obesidad en serio y sin culpas
El Día Mundial de la Obesidad recuerda que tratarla con seriedad salva vidas. En los cortes anuales y preliminares más recientes de las Estadísticas de Defunciones Registradas del INEGI, las principales causas de muerte en el país se concentran en enfermedades del corazón, diabetes mellitus, tumores malignos y enfermedades del hígado, todas estas relacionadas con la obesidad. Un patrón que se mantiene y refuerza la urgencia de prevenir y tratar la obesidad con una mirada clínica y de salud pública.
Siempre insisto en que la inspiración de corto plazo sirve de poco frente a estímulos que operan todo el día. Lo que cambia la trayectoria son las rutinas que bajan el volumen del ruido alimentario. Dormir suficiente y en horario estable disminuye la reactividad a las señales de comida y favorece un apetito más predecible; los trabajos de 2025 también vinculan la gestión del estrés con menor rumiación alimentaria. El apoyo psicológico, incluidas terapias contextuales, enseña a reconocer detonantes, pausar y responder con alternativas realistas y, por último, la intervención farmacológica basada en la evidencia científica y prescrita de manera responsable por un médico contribuye de forma importante a disminuir y controlarlo.
Aun así, la ruta no es idéntica para todas las personas. Obesidad significa causas biológicas y sociales diversas y, por lo tanto, planes de cuidado adaptados, con evaluación médica, educación nutricional, actividad física progresiva, intervención farmacológica y seguimiento. La clave es salir del círculo de la culpa y de los atajos que prometen resultados imposibles. La obesidad es tratable y la evidencia reciente muestra que, cuando se interviene de forma profesional, el ruido baja y las decisiones saludables se vuelven más alcanzables.
El 4 de marzo es un llamado a mirar de frente el problema. México no está condenado a convivir con el ruido alimentario a todo volumen, es posible recuperar el control y vivir ligero para ganar salud.
El Dr. Mike Vivas estudió medicina y tiene las especialidades de Medicina Interna y Neumología en la Universidad El Bosque, en Bogotá, Colombia. Es experto de la industria farmacéutica y del cuidado de la salud con amplia práctica de liderazgo en puestos directivos de empresas multinacionales líderes del sector. Actualmente es Director Médico Senior de Novo Nordisk México.
