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Una de las primeras directrices bioéticas y semiológicas que enseñan durante los primeros años en la escuela de medicina, es que un buen médico debe tener empatía con sus pacientes. No obstante, es usual que tras largas jornadas de guardia en salas de emergencia durante nuestro internado, la empatía sea puesta un poco de lado para concentrar la atención en la parte práctica.

Además, influyen otros factores como el mayor flujo de trabajo, que limita el tiempo que podemos dedicar a cada paciente, el considerable aumento de video consultas que despersonalizan la relación médico-paciente, la dependencia de exámenes complementarios para establecer diagnósticos definitivos y el auge de la medicina legal, por mencionar algunos.

¿Qué es la empatía?

La palabra empatía tiene su raíz en la palabra griega empátheia, que significa emocionarse. Pero no fue un precepto introducido por los grandes maestros griegos, sino por el psicólogo inglés Edward Bradner en 1909.

Desde entonces, se estableció como uno de los pilares de la relación médico-paciente ya que es una herramienta valiosa que facilita la consecución del diagnóstico y la adhesión al tratamiento. No obstante, como médicos debemos diferenciar la empatía de la simpatía, ya que esta última se caracteriza por el contagio emocional en una situación determinada.

Mientras que, la empatía implica el esfuerzo del médico por ponerse en la situación del paciente y entender sus sentimientos, su nivel formativo e incluso su situación socioeconómica; sin involucrarse sentimentalmente y manteniendo en todo momento la objetividad.

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De hecho, la empatía se considera un comportamiento neurobiológico desde el descubrimiento de las llamadas neuronas en espejo. Las líneas de investigación actuales siguen estudiando el comportamiento de la corteza cerebral en diversas situaciones humanas como dolor, pérdida, alegría o ira; con especial interés en pacientes trastornos del espectro autista en un intento por comprender sus mecanismos neuronales.

¿Cómo ser más empático?

El simple gesto de prestar atención al paciente y observarlo mientras nos habla, es la clave para establecer una relación más humana y empática. Para empezar, la empatía comprende un proceso de tres etapas consecutivas, en las cuales se capta la preocupación del paciente, se produce una identificación con esa preocupación y se experimenta compasión, que es lo que nos motiva a tratar de ayudarlo.

Si no logramos establecer una conexión que nos permita situarnos en la posición del paciente, habremos fallado en nuestro intento de ayudarlo. Por ello, debemos implementar correctivos que van desde lo personal hasta el equipo de trabajo.

Por ejemplo, se pueden establecer protocolos de presentación y atención en el centro de trabajo, puede establecerse un sistema de recompensas a quienes se esmeren más en su atención al paciente, se pueden fomentar las relaciones interpersonales entre compañeros para conseguir un ambiente más distendido y menos competitivo.

A nivel personal, abordar al paciente por su nombre de pila, establecer algún tipo de contacto físico como un apretón de manos, mirar al paciente a los ojos y permitir que exprese sus temores, solventar las dudas y tranquilizarlo cuando sea posible, adecuar el lenguaje a su nivel de formación y despedirse cordialmente deseando su recuperación total; son algunas actitudes que demuestran empatía e interés, y que fortalecen la relación médico paciente.  

 

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