Las vacaciones suelen ser ese momento en el que soltamos la rutina: cambiamos horarios, viajamos, convivimos más… y también se modifica la comida. Antojos constantes, porciones más grandes o esa sensación de “no poder parar” son más comunes de lo que parecen. Pero no es falta de disciplina. Es biología.
El Dr. Luis Dorado, Médico cirujano y especialista en nutrición clínica y obesidad, explica que durante periodos como Semana Santa el cuerpo entra en un modo distinto, donde el entorno y el placer influyen directamente en la manera en que comemos.
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La comida durante las vacaciones
En vacaciones, el cerebro responde a algo más que la necesidad energética. La relajación, el cambio de ambiente y la exposición constante a alimentos apetecibles activan los circuitos de recompensa, liberando dopamina.
Este proceso, conocido como hambre hedonista, hace que comer deje de responder únicamente al hambre física y se convierta en una experiencia placentera. Por eso, aunque el cuerpo esté satisfecho, el impulso por seguir comiendo puede continuar.
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Sin rutina, el cuerpo pierde referencia
Además del placer, hay un factor silencioso que influye directamente: la falta de estructura. Dormir a diferentes horas, saltarse comidas o comer en horarios irregulares altera hormonas clave como la grelina y la leptina, responsables de regular el hambre y la saciedad. El resultado es un apetito menos predecible y mayor dificultad para identificar cuándo ya es suficiente.
A esto se suma el contexto típico de Semana Santa: viajes, restaurantes, reuniones y alimentos disponibles prácticamente todo el día, donde la comida se vuelve parte central de la experiencia.
Pero hay un elemento adicional que influye más de lo que parece: la mentalidad. Las vacaciones suelen vivirse como un descanso total, incluso de los hábitos. Es ese momento en el que las reglas se relajan y aparece la idea de que “no pasa nada” durante unos días. Sin embargo, el metabolismo no entra en pausa. El cuerpo sigue respondiendo a lo que comemos, independientemente de si estamos en la playa o en casa.
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¿Y los nuevos tratamientos?
En medio de esta conversación, han ganado visibilidad herramientas médicas como los tratamientos basados en GLP-1, diseñados para regular el apetito. Estos actúan directamente en el cerebro, ayudando a disminuir el impulso constante por comer y facilitando la sensación de saciedad. Pero ojo, ahí, su uso no está pensado para resolver excesos puntuales, sino como parte de un tratamiento integral, personalizado y supervisado.
Más conciencia, menos culpa
Entender lo que ocurre en el cuerpo durante Semana Santa cambia la perspectiva. No se trata de controlar cada decisión ni de evitar todos los antojos, sino de reconocer que el entorno, las emociones y la biología influyen en cómo comemos.
En vacaciones cambian los horarios, aumenta la disponibilidad de alimentos altamente palatables y se activan mecanismos de recompensa que favorecen el placer al comer. Todo esto es parte de la fisiología humana.
Somos humanos, celebrar, convivir y disfrutar la comida también forma parte de la salud y de la vida social. Vivir las vacaciones no es un “fracaso” ni un signo de falta de voluntad. Es una respuesta esperable ante un contexto distinto.
Reducir la estigmatización implica comprender que la conducta alimentaria no depende únicamente de la disciplina individual, sino de la interacción entre el ambiente, la cultura y los sistemas neurobiológicos que regulan el apetito. Desde esa comprensión, es más fácil encontrar equilibrio sin caer en extremos ni en culpa.
Porque sí, en vacaciones el cerebro puede favorecer una mayor ingesta de comida. Pero entender por qué ocurre… permite acompañar estas experiencias con mayor autocompasión, flexibilidad y decisiones más sostenibles a largo plazo.
