La necesidad de cumplir diversas funciones en el mundo actual ha provocado que cada vez haya más mujeres agotadas. Es el fenómeno de la omnipresencia obligatoria, es decir, la presión sistémica de ser la profesional impecable, la madre presente, la hija cuidadora y la persona que, además, debe gestionar su bienestar, aunque muchas veces se olviden de sí mismas.
Lo más grave es que este agotamiento no es solo físico, sino también emocional y del intelecto. Durante décadas se vendió la idea de que las mujeres “pueden con todo” pero hoy se ha distorsionado el mensaje. La libertad de elegir se transformó en la obligación de cumplir en cada frente, sin derecho a la vulnerabilidad.
Para profundizar en este tema tuvimos la oportunidad de platicar con Melissa Villanueva, quien es la fundadora de Mel Borrón y Cuenta Nueva, además de relatar cómo fue su propia experiencia con este problema que va más allá de la salud.
¿El estrés laboral es más común en las mujeres?
En México, alrededor del 75% de los trabajadores reporta estrés laboral, posicionando al país entre los niveles más altos de estrés ocupacional. Y aunque esta cifra ya es alarmante por sí sola, la realidad para muchas mujeres es todavía más compleja.
Porque además del trabajo profesional, muchas sostenemos otra jornada invisible: la del hogar.
De acuerdo con ONU Mujeres, las mujeres realizan aproximadamente tres veces más trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que los hombres y dedicamos en promedio más de 40 horas semanales a este trabajo, equivalente prácticamente a otro empleo de tiempo completo y la mayor parte de las tareas de cuidado en los hogares recaen en mujeres.
¿Cuál es la consecuencia de cumplir con diversas facetas en la vida diaria?
La consecuencia es una generación de mujeres funcionales por fuera, pero profundamente agotadas por dentro.
Mujeres que lideran equipos, toman decisiones, sostienen familias y cumplen objetivos mientras silenciosamente viven con ansiedad, insomnio, inflamación, colitis, agotamiento extremo o alteraciones metabólicas.
Y el problema es que hemos normalizado tanto el estrés, que dejamos de verlo como una señal de alerta. De hecho, durante muchos años pensé que vivir cansada era parte natural del éxito.
Creí que dormir poco era el precio de crecer profesionalmente, que estar disponible todo el tiempo demostraba compromiso, que poder con todo era sinónimo de fortaleza y como muchas mujeres, aprendí a funcionar agotada.
¿Hay un trasfondo cultural detrás de la actual generación de mujeres agotadas?
Crecí en una familia conservadora donde aprendí desde muy joven a cumplir expectativas y a demostrar constantemente mi capacidad. Desde niña me propuse construir una carrera exitosa y eventualmente logré llegar a posiciones directivas dentro de una compañía global de consumo masivo, pero nadie me enseñó cómo sostener el éxito sin sacrificar la salud física y emocional en el proceso.
Con el tiempo, el cuerpo empezó a hablar. Primero fueron pequeñas señales: insomnio, cansancio constante, problemas digestivos, ansiedad, agotamiento emocional. Después entendí que no eran síntomas aislados. Eran consecuencias de vivir durante años en un estado permanente de estrés.
Porque el estrés crónico no vive solamente en la mente; también transforma al cuerpo.
¿Qué impacto nocivo para la salud tiene el cansancio emocional?
Hoy sabemos que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, hipertensión, alteraciones hormonales, trastornos del sueño y debilitamiento del sistema inmune. Diversos estudios también relacionan el estrés sostenido con inflamación sistémica y con un mayor riesgo de ansiedad y depresión.
Incluso dormir menos de seis horas de forma recurrente puede elevar significativamente el riesgo de problemas metabólicos y cardiovasculares.
Y, aun así, seguimos admirando estilos de vida profundamente insostenibles. Seguimos aplaudiendo la hiperproductividad, la disponibilidad permanente y la capacidad de resistir, aunque el cuerpo claramente esté pidiendo ayuda.
Especialmente en mujeres ejecutivas y madres, donde la presión por sostener múltiples roles suele venir acompañada de culpa, autoexigencia y agotamiento emocional crónico. Diversos estudios muestran que las madres presentan mayores niveles de sobrecarga mental cuando combinan responsabilidades profesionales y tareas de cuidado.
En mi caso, el cuerpo eventualmente cobró factura en forma de ansiedad y depresión severas.
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¿Cómo fue tu experiencia personal al reconocer este problema?
Fue particularmente duro porque, desde afuera, mi vida parecía exitosa. Tenía reconocimiento profesional, estabilidad económica y muchas de las metas que me propuse desde niña, pero entendí algo que cambió profundamente mi manera de ver el éxito: ningún logro vale la pena si el precio es vivir desconectada de ti misma, porque el éxito sin paz no llena el alma.
Hoy creo que necesitamos transformar la conversación sobre bienestar y liderazgo. Porque el cuerpo no está diseñado para vivir permanentemente en modo supervivencia.
Necesitamos dejar de romantizar el agotamiento como símbolo de compromiso y empezar a entender el descanso, los límites y la salud mental como parte esencial de una vida sostenible.
