Al hablar de enfermedades, lo más común en la mayoría son los síntomas o señales de alerta que indican que algo está mal en el cuerpo. Al mismo tiempo, existen algunas patologías que son distintas porque no provocan molestias en sus etapas iniciales, lo que complica su detección y diagnóstico. Dentro de esta segunda categoría se encuentra la esteatosis hepática, conocida popularmente como hígado graso.
En el marco del Día Mundial contra la Hepatitis, que se conmemora cada 28 de julio, el Dr. Luis Dorado, Médico Cirujano, especialista en nutrición clínica y obesidad y director de Medicina Metabólica, hace un llamado a ampliar la conversación sobre la salud del hígado y a entender que este órgano también puede enfermar como consecuencia de la obesidad y otros trastornos metabólicos.
“El hígado no distingue si el daño proviene de un virus o de una enfermedad metabólica. En ambos casos puede inflamarse, deteriorarse y poner en riesgo la salud. La diferencia es que muchas personas desconocen que la obesidad también puede enfermar el hígado durante años sin provocar síntomas”.
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¿Por qué ocurre el hígado graso?
El desarrollo del hígado graso no se debe a una sola causa, sino a un desequilibrio metabólico entre la cantidad de grasa que llega o se produce en el órgano y la capacidad que éste tiene para procesarla, quemarla o eliminarla.
Cuando la entrada de lípidos supera a su salida, las moléculas de grasa, principalmente triglicéridos, comienzan a acumularse dentro de las células hepáticas.
Lo más preocupante es que, en sus primeras etapas, suele ser una enfermedad completamente silenciosa. Muchas personas viven durante años con hígado graso sin saberlo y reciben el diagnóstico únicamente cuando el daño ya está avanzado.
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La obesidad también deja cicatrices en el hígado
Durante años se creyó que las enfermedades hepáticas estaban relacionadas principalmente con infecciones o con el consumo excesivo de alcohol. Hoy la evidencia demuestra que la obesidad es otra de las grandes amenazas para este órgano.
Cuando existe un exceso de grasa corporal, el hígado comienza a almacenar grasa en su interior. Si esta condición no se trata, puede desencadenar un proceso inflamatorio crónico que afecta progresivamente su funcionamiento.
“Muchos pacientes se sorprenden cuando les decimos que tienen hígado graso porque nunca han consumido alcohol en exceso. La realidad es que el metabolismo también puede enfermar al hígado. Hoy sabemos que la obesidad es una de las principales causas de enfermedad hepática y que detectarla a tiempo puede cambiar por completo el pronóstico”.
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Cuidar el hígado empieza mucho antes de presentar síntomas
Uno de los mayores retos es que el hígado tiene una extraordinaria capacidad para seguir funcionando aun cuando ya existe daño. Por ello, los especialistas recomiendan no esperar a que aparezcan molestias para evaluar su salud, especialmente en personas con obesidad, diabetes tipo 2, resistencia a la insulina, hipertensión o colesterol elevado.
Además de mantener completo el esquema de vacunación contra las hepatitis A y B, adoptar hábitos saludables como una alimentación equilibrada, actividad física regular y un adecuado control del peso representa una de las mejores estrategias para proteger este órgano.
El hígado merece estar en el centro de la conversación
“Durante años pensamos que el hígado sólo debía preocuparnos cuando había hepatitis o consumo excesivo de alcohol. Hoy sabemos que también es uno de los órganos que primero resiente los efectos de la obesidad. La buena noticia es que tanto las hepatitis virales como el hígado graso tienen algo en común: detectarlos a tiempo puede cambiar por completo la historia de un paciente”.
Cuidar el hígado ya no significa únicamente prevenir infecciones. También implica reconocer el impacto que tienen la obesidad y las enfermedades metabólicas sobre este órgano, adoptar hábitos saludables y acudir a revisiones médicas periódicas. Porque, aunque el hígado puede enfermar en silencio, actuar a tiempo sigue siendo la mejor forma de protegerlo.
