Los intelectuales de derecha (un oxímoron que ha sido sustituido por neologismos como “telectual” o “intelecuál”) llevan meses desgarrándose las vestiduras por el asunto de los fideicomisos, especialmente los que tienen que ver con la ciencia. Los periódicos de la misma filiación, que nunca se habían ocupado de las penurias de la ciencia mexicana, ahora entrevistan a todo aquel que quiera hablar mal de la actual administración (nunca había yo visto a Antonio Lazcano en los periódicos, por ejemplo); supongo que otro tanto ocurre con la TV y la radio. Personalmente, aunque llevo más de 30 años haciendo investigación, lo hago desde un nicho privado que no recibe un centavo del gobierno, de modo que todos los cambios sexenales en políticas científicas, incluyendo éstos, me son absolutamente indiferentes. Con todo, entre mis recuerdos de la época de estudiante, mi breve paso como profesor de tiempo completo de la Facultad de Medicina de la UNAM (1996-2000), y lo que me narran algunos colaboradores adscritos a hospitales e instituciones de educación superior, me permite hacerme una idea de lo que ocurre con la investigación biomédica en México. Es una noción de espectador, sesgada hacia la CDMX, y completamente limitada a la biomedicina; también encierra un cierto rencor, por el trato que recibí como estudiante por parte de algunas de las entonces luminarias de la ciencia, muchas de las cuales, sentado desde la puerta de mi casa, como recomienda el refrán, ya he visto pasar, para mi enorme regocijo.

Primero me gustaría invitar al lector a hacer un ejercicio mental. ¿Cuáles son los aportes de la ciencia biomédica mexicana? Veo mi enorme botiquín, y no encuentro, entre la docena de medicamentos que debemos tomar cotidianamente mi esposa y yo, uno solo que provenga de investigación local. Extiendo esa búsqueda a todos los medicamentos que, como farmacólogo, conozco mal que bien, y tampoco encuentro uno de origen mexicano. Y no es por falta de oportunidades. Por ejemplo, un grupo del Instituto de Biotecnología de la UNAM lleva, desde hace más de 30 años, investigando los venenos del monstruo de Gila, un lagarto que habita en los desiertos del norte del país; mientras que ese grupo lo más que ha logrado es hacer antisueros (creo que hay menos de 100 mordidos por año), en EUA le encontraron la exenatida, que abrió la puerta para una nueva forma de tratar la diabetes, la de los análogos de GLP-1. Pero no todo en biomedicina son medicinas, así que me voy a la cocina. Pero tampoco encuentro un solo alimento que se haya beneficiado de la investigación biomédica mexicana. Cuando el recientemente fallecido Soberón (good riddance!) fundó en Cuernavaca el entonces Centro de Investigación sobre Fijación de Nitrógeno, la promesa era que, utilizando esa habilidad bacteriana, podríamos utilizarla para favorecer la agricultura nacional, prescindiendo de abonos nitrogenados. Pero el centro ese sólo llevaba la fijación de nitrógeno en el membrete: casi todos sus investigadores se ocupaban del metabolismo de aminoácidos de un hongo del pan que, desde luego, no tiene la menor utilidad. Hoy ya ni siquiera simula: es el Centro de Ciencias Genómicas. Habría que exceptuar, por ejemplo, el fundamental esfuerzo por caracterizar el metagenoma del queso de bola de Ocosingo (un trabajo curiosamente hecho en Querétaro con colaboración australiana), que revela la insólita presencia de estreptococos y lactobacilos (que todo queso tiene), y sin el que la producción, que data de al menos un siglo, seguramente habría cesado. Ironía aparte, este trabajo es un ejemplo típico de la ciencia mexicana: la secuenciación se mandó a hacer a un laboratorio privado de EUA, en México sólo se hizo el análisis de los datos, se publicó en una revista de “acceso abierto” que cobra US$2,000 por artículo, y el resultado no le sirve a nadie para nada. Pero, continuando el ejercicio, a lo mejor los productos de la ciencia mexicana no son tan prosaicos como para estar en botiquines o cocinas, así que me voy a mi laboratorio. Sin embargo, fuera de las cepas bacterianas multi-resistentes que hemos hallado en pacientes, monos aulladores, aguas residuales y hasta en moscas, sólo encuentro una pieza surgida en México. No es una centrífuga, ni un tanque de electroforesis, ni un espectrofotómetro: es el medio de cultivo desarrollado por Maximiliano Ruiz Castañeda, el brillante investigador nacido en Acambay en 1898. Probablemente inventó ese medio gracias a un fideicomiso.

Ojalá me equivoque, pero creo que la gran mayoría de los lectores que me hayan acompañado en el ejercicio, tampoco habrá identificado algún producto de la ciencia biomédica mexicana en su entorno. La pregunta obligada es, entonces ¿qué hacen con los dineros de los fideicomisos que tanto pelean? Porque nos aseguran que eliminarlos será un “golpe mortal” a la ciencia; pero pareciera que, al menos en lo que hace a la ciencia biomédica, sería matar muertos. Esa exigua productividad se ha atribuido a la falta crónica de recursos; entonces, lo primero que habría que decir, siendo honestos y consecuentes, es que la falta es crónica y de décadas atrás, y no una consecuencia de la “dictadura” que llegó con más del 53% de los votos. Pero luego habría que hacer un análisis más detallado, y preguntarnos si inyectar más dinero al sistema científico, así como está, no es “echarle dinero bueno al malo”. Yo no tengo el tiempo ni la inclinación por documentar ésto con cifras, pero conozco muchas anécdotas: el autoclave de US$80,000, todo automatizado pero que hace lo mismo que uno de 80,000 pesos, que está en el mismo piso de un edificio de la UNAM en el que está, acumulando polvo, un sintetizador de oligonucleótidos que casi nunca se usó; el secuenciador de proteínas, aun en su caja original, que una escuela del IPN catafixiaba por alguna otra pieza de equipo, porque ellos no pensaban echarlo a andar; el equipo de MALDI-TOF, para identificación de microorganismos, que una investigadora descubrió, para su mayor sorpresa, arrumbado en su caja en la bodega de un hospital público de tercer nivel; el edificio diseñado y construido para albergar un microscopio electrónico, usado como bodega porque no hubo dinero para el microscopio electrónico; las decenas de secuenciadores de DNA que compró el elefante blanco de medicina genómica, y que ya eran obsoletos cuando los recibieron; la cámara de anaerobiosis que llevaba años sin uso porque le faltaba, desde que llegó, un cople para conectarla al tanque de nitrógeno… Y esos son los dispendios millonarios, que se suman a los múltiples pequeños, cotidianos, en los que se gasta el poco dinero de la ciencia. Son anécdotas, en efecto, y uno no se debe basar en anécdotas; pero son las suficientes como para hacer un análisis detallado ANTES de dejar las cosas como están.

“The difference between men and boys is the price of their toys” (la diferencia entre hombres y niños, es el precio de sus juguetes) dijo Forbes. Sexismo aparte, esta frase aplica directamente al científico mexicano. Muchos de ellos se formaron en países desarrollados: trajeron consigo conocimientos, experiencia, modelos… y el vicio de comprar el último grito de la moda en equipo de laboratorio. Así, los presupuestos de proyectos se inflan con requisiciones de equipo redundante, o en la versión más costosa posible, o que se empleará una sola vez. Como niños(as) con sus juguetes, además, casi nunca hay cooperación entre grupos, de modo que abundan los ultra-congeladores a medio llenar; o las ultra-centrífugas, que se usan una vez por mes, pero que cada laboratorio quiere tener la suya. Ciertamente, con el dinero despilfarrado en el avión presidencial, por poner un ejemplo, se pueden equipar de piso a techo varios institutos de investigación; de modo que, si a despilfarros vamos, habría que detener los gigantescos antes de evitar que los niños compren sus juguetes caros. Pero, despilfarros al fin, en algún momento hay que frenarlos.

Si bien es difícil encontrar alguna cosa en la vida cotidiana que le debamos a la ciencia biomédica mexicana, el otro propósito de la investigación es la educación: las personas con formación científica tienen, se ha dicho, la capacidad para hacer aportes sociales fuera del laboratorio, aplicando su entrenamiento para el análisis y la síntesis a la “vida real”. Luego de ver a algunos científicos entre los “abajo firmantes” del desplegado aquel en el que acusaban la llegada del totalitarismo porque le quitaron la publicidad oficial a la revista insigne de la derecha, me queda la fuerte duda de si, en realidad, la formación científica sirve para algo fuera del laboratorio (aunque luego, revisando con cuidado quiénes eran, de lo que me quedó duda fue de su formación científica). Esta duda es pertinaz, porque conozco doctores en ciencias (duras, no sociales) que se recargan de energía en el Tepozteco, que se alinean las chakras, o que creyeron que la pandemia de H1N1 fue un complot; en EUA los hay que hasta votaron por el marrano anaranjado. Pero uno debe suponer que, si hubiera más personas entrenadas en el quehacer científico, sería más difícil que nos tomaran el pelo con productos milagro, patrañas religiosas o “fake news”; y ese sería un aporte formidable, mucho mejor que el de mil patentes de medicinas. Y no es que todos se vayan a dedicar a la ciencia; pero si por lo menos hubiera algún científico a la mano para preguntarle sobre, digamos, qué quiere decir que los edulcorantes artificiales incrementen en un 20% el riesgo cardiovascular en las mujeres, dejaríamos de espantarnos por las notas, seguramente pagadas por la industria azucarera, con las que rellenan espacios en los periódicos. Lo malo es que, según el Sistema Nacional de Investigadores (esa creación maligna de De la Madrid, que empezó como propina temporal para luego ser vendida a los sabios mexicanos como “distinción”), hay alrededor de 25,000 científicos en México (que hayan alcanzado a entrar al SNI); de los que alrededor de la tercera parte son biomédicos; o sea, uno por cada 15,000 habitantes. Las posibilidades de tener uno cerca son remotísimas. A eso se añade el elitismo de la educación científica, que reconcentra la exposición a la ciencia en sólo algunos grupos. El ejemplo extremo lo fue la Licenciatura en Investigación Biomédica Básica, otro invento de Soberón para evitar que su familia se contaminara con la chusma de las facultades de Medicina o Ciencias: una carrera escondida, a la que sólo se puede ingresar con exámenes de conocimientos y psicométrico y una estancia propedéutica, y en la que los elegidos van directamente a los laboratorios de investigación de la UNAM. La generación en la que yo entré (y de la que me corrieron antes de terminar el año), la 11ª, de 13 alumnos, concentraba a la hija de un físico polaco que actualizó una ecuación de Einstein, la hija de uno de los fundadores del SNI, la hermana de un futuro secretario de salud, la hija de un futuro Premio Nacional de Ciencias, el hijo de una investigadora en economía…luego de la purga en la que nos expulsaron a cuatro, casi todo quedaba en familia. Pero ésta no es la única forma de elitismo: con las raquíticas becas de posgrado, un estudiante que debe dedicar tiempo completo necesita el apoyo económico de su familia hasta alrededor de los 30 años, algo que la gran mayoría de los mexicanos no puede darse el lujo de tener. De ese modo, esa función social de la investigación científica, se minimiza al mantener el monopolio de la ciencia entre unos cuantos apellidos de abolengo.

La “ciencia neoliberal” mide la productividad en artículos publicados; y el impacto de esos artículos, en el número de citas que cada uno obtiene. Son cosas de cuentachiles, que ni por accidente reflejan a la ciencia; pero son los indicadores cuantitativos más usados. Así, México, la 15ª economía mundial, ocupa el lugar 28 en artículos publicados (en todas las áreas de la ciencia, no sólo las biomédicas); pero el lugar 35 en número de citas y en Índice H. O sea, se hace poco, comparado con la economía, y de muy poca calidad. La brecha entre 1º y 28º lugar es enorme: casi 13 millones de artículos de EUA vs. 350,000 mexicanos; producimos el 0.6% de las publicaciones mundiales, o sea que, si la ciencia mexicana desapareciera de un día para otro, el mundo no se enteraría. Los primeros tres países son, en ese orden, EUA, UK y Alemania, que no nos debe sorprender (son, respectivamente, 1ª, 6ª y 4ª economías mundiales). Pero por arriba de nosotros, en impacto de publicaciones, están Suecia (13º en impacto, 22º en economía), Bélgica (16º y 24º), Dinamarca (18º y 35º), Austria (21º y 27º), Finlandia (23º y 42º), Polonia (24º y 23º), Turquía (27º y 17º), Singapur (28º y 36º), Grecia (29º y 51º), Nueva Zelanda (30º y 50º), Irán (31º y 26º), Portugal (32º y 46º), Irlanda (33º y 34º), y Sudáfrica (34º y 32º). Compararnos con países europeos de gran tradición científica y escasa corrupción, es injusto; pero que Turquía, Irán y Sudáfrica, con economías menos menos robustas que la nuestra, y con sociedades similarmente enfermas, hagan ciencia de más calidad, nos debería avergonzar. Si esa es la ciencia que “se va a morir” porque se acaben los fideicomisos, no nos vamos a dar cuenta.

El Dr. Carlos F. Amábile Cuevas forma parte de la Fundación Lusara para la Investigación Científica.