Las armas obligaron a la medicina a evolucionar

Este año 2016 ha sido marcado por los conflictos bélicos y la amenaza de una Tercera Guerra Mundial, sin embargo, este tipo de problemas nacieron con la humanidad y han puesto en jaque a poblaciones enteras, por fortuna, la medicina se ha puesto a la altura de los hechos para hacer que los resultados sean menos mortales.

Mientras en 1854 el principal avance consistió en demostrar que la higiene permitía que la gente se recuperara más rápidamente, los siguientes grandes retos consistieron en adaptarse a las nuevas lesiones ocasionadas por las armas innovadoras.

Actualmente, los progresos en la medicina militar hacen que los enfrentamientos en los campos de batalla sean menos mortales.

Durante la Gran Guerra se desplegaron potentes armas mecánicas y la medicina tuvo que evolucionar para hacerle frente a las lesiones que causaban.

Los poderosos proyectiles que entonces se usaron rasgaban la carne, dejaban huecos, dispersaban fragmentos de metal por el cuerpo y sus ondas dañaban los tejidos blandos.

Durante esa época los camilleros tuvieron que aprender a atender las heridas y detener las hemorragias antes de trasladar a los afectados a lugares seguros.

Para proporcionar una atención más rápida, los hospitales de campaña se acercaron a la acción y algunas unidades móviles llevaron máquinas de rayos X para detectar los fragmentos de ametralladoras que podían causar infección y muerte.

Asimismo, la introducción de la llamada férula de Thomas mejoró las tasas de supervivencia de quienes tenían heridas en las piernas, con sus anillos de metal que se fijaban a la ingle y el tobillo, cuyas correas de cuero permitían mantener recta la extremidad para evitar movimientos perjudiciales, así que a este dispositivo se le atribuye haber salvado miles de vidas.

La Primera Guerra Mundial se prolongó y demandó el almacenamientos y transfusión de sangre, de modo que, con el citrato de sodio, se evitó que se coagulara para después tratar a los heridos de una forma más rápida y eficiente.

Mientras tanto, el médico militar Capitán Oswald Robertson se dio cuenta que si se aseguraba de tener buenas reservas de sangre antes de las batallas, los heridos recibirían un tratamiento más rápido y eficiente.

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