La elaboración industrial de productos ha evolucionado desde las técnicas artesanales de conservación hasta complejos procesos tecnológicos. En el centro de esta transformación se encuentra la integración de aditivos alimentarios. A la fecha son motivo de un intenso debate por su asociación con diversos riesgos para la salud.
Aunque organismos reguladores como la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprueban su uso bajo estrictos márgenes de Ingesta Diaria Admisible (IDA), el consumo acumulativo y crónico de estas sustancias ha encendido las alarmas en la comunidad médica e investigadora.
También lee: Vacunas de ARNm: inventores, funcionamiento, ventajas y posible aplicación contra el cáncer
¿Qué son los aditivos alimentarios?
Los aditivos alimentarios son sustancias químicas que se añaden intencionadamente a los productos procesados para conservar su frescura, modificar su textura, resaltar su sabor o mejorar su apariencia visual.
La lista es bastante extensa pero hay algunos que generan mayor preocupación entre la población. De acuerdo con la base de datos de la aplicación móvil Yuka, que contiene más de 600,000 productos y traduce la información compleja de las etiquetas en calificaciones simples e independientes, hay algunas sustancias comunes que están presentes en productos cotidianos y son consideradas de alto riesgo.
INFOGRAFÍA: Todos los directores generales que ha tenido la OMS (1948-2026)
Los más peligrosos en alimentos
- Nitritos y nitratos, utilizados como conservadores en carnes procesadas y frías.
- Colorantes artificiales como el Rojo 40, Amarillo 5 y Amarillo 6, presentes en refrescos, dulces, botanas y cereales.
- Dióxido de titanio, utilizado para dar color blanco a dulces, chicles y salsas.
- Edulcorantes artificiales, como el aspartame y la sucralosa, comunes en bebidas “light” y “zero”, así como en productos lácteos.
- Emulsificantes, presentes en productos lácteos, salsas, helados y bebidas de origen vegetal.
- Aditivos fosfatados, ampliamente utilizados en refrescos, productos de panadería, quesos procesados y carnes frías.
Estos aditivos alimentarios resultan especialmente relevantes en México porque el país es uno de los mayores consumidores de refrescos del mundo: las bebidas azucaradas representan casi el 70% del azúcar añadida en la dieta mexicana, y alrededor del 40% de las calorías que consumen los niños provienen de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, según la UNICEF.
En México, en 2020 se introdujo el etiquetado frontal de advertencia obligatorio, que señala los productos altos en azúcar, sodio o grasas saturadas. Estas etiquetas generan un incentivo para reducir el azúcar, y una de las formas más sencillas de hacerlo es sustituyéndola por edulcorantes no calóricos; en ese caso, la etiqueta debe incluir la leyenda “contiene edulcorantes, no recomendable en niños”.
También lee: ENARM 2026: ¿Quién elabora los casos clínicos y cómo es el proceso?
¿Por qué causan preocupación estos aditivos alimentarios?
Los nitritos y nitratos, por ejemplo, pueden generar sustancias que diversas autoridades de salud, incluida la Organización Mundial de la Salud (OMS), consideran probablemente carcinogénicas. Los colorantes artificiales, que cumplen una función puramente cosmética sin valor nutricional ni necesidad tecnológica, se utilizan ampliamente en toda la industria alimentaria.
Estos colorantes sintéticos se han relacionado con la hiperactividad y los déficits de atención en niños, lo que llevó a la Unión Europea a exigir, desde 2010, que cualquier producto alimenticio que los contenga incluya la advertencia explícita: “puede tener efectos negativos sobre la actividad y la atención de los niños”.
El dióxido de titanio, por su parte, fue declarado no seguro por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria en 2021, y ha estado prohibido en alimentos en la Unión Europea desde 2022, aunque sigue siendo permitido en la mayoría de los países como México.
Algo similar ocurre con los edulcorantes artificiales, que se comercializan como una alternativa saludable al azúcar, pero la evidencia reciente es cada vez más preocupante: el aspartame ha sido clasificado como posible carcinógeno por la OMS, y se ha relacionado con un mayor riesgo de diabetes tipo 2. Las autoridades de salud tampoco recomiendan su uso como estrategia para el control de peso.
Los aditivos fosfatados, presentes en productos de panadería, carnes procesadas, lácteos y, sobre todo, refrescos, contribuyen a una ingesta de fósforo muy por encima de los niveles recomendados, lo cual se ha asociado con daño renal, problemas óseos y un mayor riesgo cardiovascular.
