Cada 15 de septiembre se vive una Noche Mexicana y aunque se trata de una tradición que representa a todo un país, también hay una parte negativa: la relación con la obesidad. De manera convencional todos los hogares se llenan de pozole, tacos, quesadillas, tostadas, tamales, sopes, chiles rellenos, postres y refrescos. El problema no está en consumir estos platillos de manera ocasional, sino en que una sola celebración puede concentrar una cantidad considerable de calorías, grasas, azúcares y sodio.
El entorno festivo puede ser un catalizador del hambre emocional, uno de los múltiples factores que contribuyen a la prevalencia de la obesidad en el país. Según el estudio Los consumidores mexicanos prefieren cocinar en casa como consecuencia de la inflación, el 18% de los mexicanos cocina como un “apapacho” o recompensa para sentirse mejor, lo que puede convertir al banquete patrio en una vía para gestionar nuestras emociones.
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Noche Mexicana, un factor de riesgo para desarrollar obesidad
En estas fechas, la mesa se convierte en el centro de la celebración. Compartir platillos típicos con familiares y amigos no solo alimenta el cuerpo, sino que, como coloquialmente decimos, también alimenta el alma. Y, sin darnos cuenta, esa conexión emocional puede llevarnos a comer más por el deseo de prolongar el sentirnos bien, que por hambre real.
“El hambre emocional se refiere a comer en respuesta a emociones como estrés, ansiedad, tristeza, aburrimiento, celebración, aun cuando no exista hambre física. En esta temporada, la presión por organizar las reuniones o la ansiedad social por convivir y ser parte del ambiente festivo, así como la alta palatabilidad de nuestros platillos tradicionales pueden detonar ese impulso”, afirma la Dra. Carmen Celeste Rosas, gerente médico de Obesidad en Merck México.
¿Qué buscan los mexicanos en la comida?
En general, el 71% de los mexicanos busca que la comida sea deliciosa cada vez que cocina; sin embargo, la combinación de aromas, sabores, texturas, disponibilidad y significado cultural pueden hacer que ciertos alimentos resulten especialmente atractivos durante las celebraciones.
“Celebrar genera emociones placenteras y, para algunas personas, puede aumentar el deseo de continuar comiendo. En esos momentos, no siempre comemos por hambre real, sino también por el placer de compartir y alargar una experiencia significativa. Reconocerlo permite tomar decisiones con mayor conciencia y sin culpa”, agrega la experta.
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Hambre emocional y su relación con la salud
Pese a lo anterior, responder de forma continua al apetito emocional durante estas festividades tienen un impacto directo en la salud. La sobreingesta de platillos de alta densidad calórica genera un exceso de energía que el organismo no alcanza a utilizar, traduciéndose en un incremento progresivo de peso. Cuando esta dinámica se repite de manera inconsciente, la acumulación de tejido graso se convierte en un factor clave para el desarrollo de la obesidad.
La buena noticia es que durante las Fiestas Patrias no es necesario privarse de la riqueza gastronómica ni reprimir la convivencia. La comida mexicana es rica, diversa y puede ser profundamente nutritiva cuando la disfrutamos con presencia. Identificar si el impulso de comer proviene del hambre física, del estrés acumulado o del simple deseo de pertenecer es el primer paso para disfrutar de nuestras tradiciones de forma libre, consciente y saludable.
De ahí la relevancia de que los profesionales de la salud aborden el tratamiento de la obesidad desde una perspectiva integral durante todo el año y especialmente antes de la Noche Mexicana. Reconocer el papel de los factores socioculturales en el desarrollo de esta condición permite a los especialistas diseñar estrategias de acompañamiento más empáticas, realistas y sostenibles a largo plazo.
