Desde su implementación en 2020, la NOM-051 en México marcó un antes y un después en la forma en que los consumidores interactúan con los alimentos ultraprocesados. A través de un sistema de etiquetado frontal con sellos de advertencia —“Exceso de azúcares”, “Exceso de sodio” o “Exceso de calorías”—, la norma buscó influir directamente en las decisiones de compra y, en última instancia, combatir la creciente epidemia de obesidad infantil. Pero a cinco años de su adopción, la pregunta sigue vigente: ¿realmente ha cambiado el consumo en los hogares?
El impacto en la obesidad infantil es complejo
Los primeros resultados apuntan a un impacto positivo, aunque no definitivo. Diversos estudios señalan que el etiquetado frontal ha mejorado la comprensión del contenido nutrimental y ha modificado el comportamiento de compra. Por ejemplo, encuestas recientes muestran que una proporción significativa de la población utiliza los sellos como guía para elegir productos más saludables, lo que ha derivado en una reducción en la compra de alimentos con múltiples advertencias. Asimismo, investigaciones internacionales reportan que hasta el 80% de los padres han cambiado sus decisiones de compra tras la implementación del etiquetado.
Sin embargo, el impacto en la obesidad infantil es más complejo. Aunque el etiquetado ha generado mayor conciencia, no ha sido suficiente por sí solo para reducir de manera significativa el consumo de ultraprocesados. Esto se debe a múltiples factores: el acceso económico, la disponibilidad de estos productos en entornos escolares y comunitarios, así como la influencia persistente de la publicidad dirigida a niños.
Muchas empresas han reformulado productos para evitar sellos
Además, la NOM-051 ha evolucionado por fases, endureciendo progresivamente los criterios nutrimentales. La llamada Fase 3, que continúa consolidándose hacia 2026, busca cerrar brechas regulatorias y hacer más estricta la evaluación de los productos. Este enfoque refleja un reconocimiento claro: el etiquetado es una herramienta poderosa, pero necesita integrarse con otras políticas públicas, como la regulación de la venta de comida chatarra en escuelas o campañas de educación alimentaria.
Otro aspecto relevante es la respuesta de la industria. Muchas empresas han reformulado productos para evitar sellos, lo que representa un avance indirecto en la calidad nutricional de la oferta disponible. No obstante, también han surgido estrategias de marketing que intentan compensar el impacto negativo de los sellos, lo que limita su efectividad.
En este contexto, el balance es claro: la NOM-051 sí ha modificado la forma en que los consumidores perciben y seleccionan alimentos, pero su efecto sobre el consumo real de ultraprocesados y la obesidad infantil aún es parcial. El reto hacia el futuro no es solo informar mejor, sino transformar los entornos alimentarios. Solo así el etiquetado frontal dejará de ser una advertencia y se convertirá en un verdadero motor de cambio en la salud pública.
