Salud mental post-pandemia en niños: el aumento de trastornos de conducta en primaria y la escasez de paidopsiquiatras en el sector público

La salud mental infantil se ha convertido en una de las principales preocupaciones tras la pandemia de COVID-19. El impacto del confinamiento, la interrupción de la escolarización presencial y la incertidumbre vivida durante esos años han  dejado una huella profunda en niños y niñas en edad de primaria. Uno de los fenómenos más evidentes ha sido el aumento de los trastornos de conducta, manifestados a través de irritabilidad, dificultades para regular emociones, problemas de atención y conductas desafiantes en el entorno escolar.

La salud mental infantil se ha visto alterada desde la pandemia

Durante la pandemia, muchos menores vieron alteradas sus rutinas diarias, perdieron espacios de socialización y, en algunos casos, estuvieron expuestos a situaciones de estrés familiar. Estos factores han influido en su desarrollo emocional y social. Al regresar a las aulas, los docentes comenzaron a detectar un incremento en comportamientos disruptivos, dificultades para seguir normas y una menor tolerancia a la frustración. No se trata únicamente de “mal comportamiento”, sino de señales de un malestar psicológico que requiere atención especializada.

Sin embargo, uno de los principales obstáculos para abordar esta situación es la escasez de paidopsiquiatras en el sistema público de salud. Este déficit limita el acceso a diagnósticos adecuados y tratamientos oportunos, generando largas listas de espera y, en muchos casos, la cronificación de los problemas. La falta de profesionales especializados también repercute en la sobrecarga de otros servicios, como la psicología escolar o la atención primaria, que no siempre cuentan con los recursos necesarios para atender casos complejos.

Se debe aumentar la formación y contratar especialistas

La desigualdad socioeconómica agrava aún más el problema. Las familias con mayores recursos pueden recurrir a servicios privados, mientras que aquellas que dependen del sistema público enfrentan mayores barreras. Esto genera una brecha en la atención que puede tener consecuencias a largo plazo en el desarrollo académico, social y emocional de los menores.

Frente a este panorama, es fundamental impulsar políticas públicas que refuercen la salud mental infantil. Esto incluye aumentar la formación y contratación de especialistas, integrar programas de apoyo emocional en las escuelas y fomentar la detección temprana de dificultades. Asimismo, es clave promover la colaboración entre familias, docentes y profesionales de la salud para crear entornos seguros y de apoyo.

La etapa de primaria es crucial para el desarrollo integral de los niños. Atender su salud mental no solo mejora su bienestar actual, sino que sienta las bases para una vida adulta más saludable. Ignorar esta problemática no es una opción; invertir en salud mental infantil es invertir en el futuro de la sociedad.