Hace por lo menos tres décadas me encontraba en la redacción del periódico Excélsior allá, en las calles de Bucareli y Reforma, la llamada “Esquina de la Información”, desde donde salíamos a cubrir el “sector salud”; es decir, dependencias federales, institutos nacionales, hospitales e industria privada.
En esa época, las entrevistas podían extenderse páginas completas en los periódicos. Había tiempo para investigar, contrastar y profundizar. Conversé con figuras como el doctor Gerardo Jiménez —el único mexicano que participó en las investigaciones del Genoma Humano publicadas en Nature—, así como con titulares de instituciones clave como ISSSTE, Secretaría de Salud e IMSS, por referir algunas.
Muchos de ellos tenían algo en común: claridad, presencia, solvencia técnica y dominio verbal y no verbal. Sabían que no solo representaban a una institución: representaban confianza.
Del control editorial a la hiperexposición digital
Hoy el entorno mediático en México —especialmente en CDMX, donde se concentra la mayor operación de hospitales privados, farmacéuticas y empresas de salud— es radicalmente distinto.
Vivimos en un ecosistema hiperconectado donde:
- La inmediatez manda.
- Las entrevistas son en vivo.
- Los errores se viralizan en minutos.
- Las redes sociales amplifican cualquier declaración.
La pandemia aceleró esta transformación. Las plataformas digitales detonaron entrevistas en tiempo real, transmisiones simultáneas y “momentos virales” que pueden posicionar o afectar gravemente la reputación de una organización.
Hoy, un vocero mal preparado no solo pierde una nota: puede generar una crisis reputacional.
La reputación en México se juega en tiempo real
En el sector salud mexicano —uno de los más sensibles y regulados— la comunicación no admite improvisaciones.
Un vocero no es un simple interlocutor. Es:
- La traducción pública de la estrategia institucional.
- El rostro de la toma de decisiones.
- El puente entre la ciencia, la regulación y la sociedad.
Y en un entorno donde la desinformación también compite por atención, la claridad y la credibilidad se vuelven diferenciales estratégicos.
La percepción pública puede cambiar en cuestión de minutos. Y en México, donde el escrutinio digital es cada vez mayor, la reputación ya no se construye con boletines: se construye con desempeño.
Vocería: ética, empatía y entrenamiento constante
Las mejores prácticas internacionales coinciden en algo fundamental: la ética y la transparencia son pilares irrenunciables.
Organismos como la Public Relations Society of America y la International Association of Business Communicators han desarrollado códigos que subrayan la honestidad, la responsabilidad y la claridad como base de toda comunicación profesional.
Pero además de ética, hoy se requiere:
- Entrenamiento frente a cámaras y micrófonos.
- Manejo de entrevistas “banqueteras” o chacaleos.
- Simulaciones de crisis.
- Dominio del lenguaje corporal.
- Capacidad de simplificar temas técnicos complejos.
Porque comunicar no es repetir datos. Es generar confianza.
El vocero preparado protege y potencia la reputación
Contar con buenos voceros no es cuestión de suerte. Es una decisión estratégica.
Implica acompañamiento, actualización tecnológica, práctica constante y comprensión del entorno mediático mexicano actual. Un vocero entrenado:
- Anticipa riesgos
- Transmite mensajes consistentes
- Refuerza identidad institucional
- Genera credibilidad ante medios, pacientes, inversionistas y sociedad
En Comunicación+Contenido creemos que la vocería no es un accesorio comunicacional: es el eje de la narrativa organizacional.
En un país donde la confianza es un activo escaso y altamente valioso, las organizaciones que invierten en desarrollar voceros preparados no solo evitan crisis: se posicionan como líderes.
Porque hoy, en México, la reputación no se improvisa. Se entrena.
Ricardo Rodríguez es director general de la agencia de relaciones públicas Comunicación + Contenido.
