Se ha dicho que los antibióticos son los medicamentos que más ayudaron a prolongar la esperanza de vida del humano en el Siglo XX. Creo que es difícil documentar esta presunción, porque muchas otras cosas que cambiaron en ese siglo, dentro y fuera de la medicina, también participaron en alargar la vida. Pero también es difícil imaginar la vida contemporánea sin antibióticos: desde ya no vivir con el miedo a que una neumonía o una tifoidea nos mate de un día para otro —un miedo que ahora volvemos a sentir con el Covid-19; hasta la posibilidad de trasplantes, prótesis y otras cirugías extensas, que no podrían realizarse sin el respaldo de los antibióticos. Una simple cifra
ilustra el punto (aunque, como se dijo al principio, no sólo los antibióticos son responsables de ella): a principios del sXX, se morían en EUA casi 800 personas de cada 100,000 por infecciones; para 1980, sólo morían 36 por esa causa.

Pero la codicia capitalista nos arrebató el “milagro”: conforme fueron apareciendo, los antibióticos se empezaron a promocionar como “curas mágicas” para los más diversos malestares, tanto entre médicos como a la población en general; y luego se les empezó a usar como “promotores de crecimiento” en animales de granja, un uso que ya es el mayoritario (70% de los antibióticos que se producen en el mundo los reciben animales). Como consecuencia natural, empezaron a surgir bacterias resistentes a estos medicamentos, de modo que las infecciones que antes cedían sin problemas a los antibióticos iniciales, como la penicilina o las sulfonamidas, ahora avanzan y terminan matando, en crecientes proporciones, a los pacientes. Hay quien asegura que el abuso fue la consecuencia de una mera ignorancia: a quién se le iba a ocurrir que las bacterias se podrían hacer resistentes. Habría que recordar que 70 años antes del descubrimiento de la penicilina, ya se había descrito la evolución por selección natural, ese proceso innegable que tanto incomoda a los cristianos, y del que la resistencia bacteriana es un ejemplo simplísimo. Pero, bueno, aun si el ofuscamiento religioso hubiera impedido leer en Darwin las consecuencias del abuso de los antibióticos, el propio Fleming nos lo advirtió, en su discurso Nobel de 1945: él mismo había ya obtenido bacterias resistentes al exponerlas a concentraciones sub-inhibitorias de penicilina. De modo que, cuando en los 1950’s se estaban comercializando combinaciones de tres, cuatro o hasta cinco antibióticos en una sola formulación, se promocionaba el remojo de la carne en soluciones de antibióticos para retardar la descomposición, y se impulsaba la prescripción de las dos formas existentes de tetraciclina para cualquier enfermedad, usando las formidables maquinarias de marketing que ya se empleaban para promover autos, cigarros y whiskey (así como pagos al director de la división de antibióticos de la FDA), ya se sabía que el mal uso de los antibióticos conducía a resistencia. No era “mera ignorancia”: es cabal inmoralidad. Para 1995, la tasa de muertes por infecciones en EUA había perdido su tendencia a la baja: 63 por cada 100,000 habitantes.

Hoy, que la resistencia mata a 700,000 personas al año, según el estimado de Jim O’Neill (que luego le adjudicaron a la OMS), la industria farmacéutica se lava las manos, y declara que, como no sea que le den “incentivos”, no regresará a la investigación y desarrollo de antibióticos. Al cabo, bastante bueno es el negocio ya, con medicinas para enfermedades incurables crónicas y para el cáncer. Esos “incentivos” son, desde luego, dineros públicos que, directa o indirectamente, quieren para sus arcas las grandes farmacéuticas. Y nos tienen de rehenes: si no se los damos, nos quedamos sin antibióticos para la nueva generación de infecciones multi-multi-resistentes.

Un efecto colateral de esta triste historia es la enorme falta de respeto que le tenemos a los antibióticos. Se les prescribe bajo la premisa de que “si no hacen bien, tampoco hacen daño”, que es más falsa que un político honesto. La mitad de las prescripciones médicas de antibióticos es errónea, sea porque se les prescribe cuando no hacen falta (e.g., infecciones virales), o porque se elige el inadecuado (e.g., eritromicina para una infección urinaria), o con posología incorrecta (i.e., dosis insuficientes o excesivas), o en combinaciones basadas “en la ocurrencia” (en vez de “en la evidencia”). Desde 2010, en que se prohibió al vapor la venta de antibióticos sin receta, quedó claro que los antibióticos auto-prescritos no eran una proporción significativa de lo que se vende en las farmacias (ya desde los 1990’s sabíamos que, en México, no más del 30% era auto-prescripción; y en estudios posteriores a la prohibición de venta libre, se vió que la medida redujo en menos del 10% el uso de antibióticos). Pero esa intervención regulatoria, como suele ocurrir en este país, terminó en un ejemplo del “remedio resultando peor que la enfermedad”: cayó la venta de penicilinas simples y sulfonamidas, pero se incrementó la de cefalosporinas y quinolonas.

Paradójicamente, pese a que los antibióticos son “fármacos sociales”, en el sentido de que sus efectos adversos no sólo dañan al paciente, sino a la sociedad completa; son los medicamentos a los que menos respeto les tenemos. Los médicos generales temen usar insulina en el diabético, y no he visto a un ginecólogo o a un dermatólogo prescribiendo antagonistas beta-adrenérgicos o inhibidores de recaptura de serotonina. Pero cotidianamente se ven cardiólogos recetando antibióticos para bacteriuria asintomática, cirujanos haciendo “profilaxia post-operatoria”, y pediatras prescribiendo cursos completos de cefalosporinas orales de tercera generación ante una fiebre menor. Y eso por no mencionar el clásico antibiótico para la gripe o la diarrea sin sangre, que llevaron a la conclusión de que el principal factor de riesgo para recibir un antibiótico sin necesitarlo, es consultar a un médico.

El estudio de Jim O’Neal que decía que, en 2016, se morían 700,000 personas anualmente por infecciones causadas por bacterias resistentes, predice que, para el 2050, serán 10 millones. Casi 30,000 muertos diarios. Va siendo tiempo de que le tengamos algo de respeto a los antibióticos.

El Dr. Carlos F. Amábile Cuevas forma parte de la Fundación Lusara para la Investigación Científica.