Hace unos días, Paul Krugman (premio Nobel de economía 2008) escribió para el New York Times (16.11.20) una columna especialmente interesante. Krugman nos explica que es común el argumento de que la gente no se preocupa por el cambio climático, ni está dispuesta a modificar sus costumbres para atenuarlo, porque percibe que el impacto de los cambios, climático y conductual, es remoto, en tiempo y distancia. Esto es ¿por qué voy a comer hoy menos carne o usar hoy menos el automóvil, si esos “sacrificios” sólo tendrán efecto en 20 o 30 años, y beneficiarán más a los habitantes de algún país remoto? Mucho menos preocupa a la gente tomar decisiones políticas en el mismo sentido: elegir o presionar a representantes populares para establecer medidas tendientes a aliviar el cambio climático, parece menos importante que lograr un giro, a la derecha o a la izquierda, o por alguna causa religiosa. Intuitivamente, tiene sentido: el humano ve todo a corto plazo, y muy rara vez se preocupa por lo que pase dentro de uno o dos años, mucho menos en una o dos décadas; y es egoísta, de modo que rara vez está dispuesto a hacer algo que beneficie a los demás. Así, aunque el cambio climático va en un camino inexorable a la destrucción del planeta y con él, de nosotros mismos, seguimos nuestra vida como si nada estuviera pasando. Apenas algunos jóvenes, como Greta Thunberg, que perciben que, cuando lleguen a adultos, vivirán rodeados de penuria consecuencia de la negligencia criminal de nosotros, las generaciones previas, alzan la voz y se convierten en celebridades efímeras.

Pero Krugman deriva, de los resultados electorales de EUA, una moraleja distinta. El Covid-19 ha cobrado en ese país muchas más vidas que en cualquier otro, más de un cuarto de millón de personas al momento de escribir esta nota, y 12 millones de contagios documentados. En muertes por millón de habitantes, ocupa el décimo lugar, dos por arriba de México (algo notable, si se considera que EUA es primera potencia económica y nosotros ocupamos el 15º lugar); y se encamina rápidamente a una “tercera oleada”. Su economía se contrajo 9.5% en el segundo trimestre del año (un 32.9% anual), y el desempleo llegó al 15% de la población económicamente activa. Esto implica que el Covid ha pegado, directamente o en el círculo cercano de familia y amigos, sea en forma de enfermedad y muerte, y/o de desempleo y pobreza, a virtualmente todo gringo. Ya no se trata de que se derrita el Ártico y se extingan los osos polares dentro de 20 años; ni de si habrá más huracanes que le peguen a los latinos en Puerto Rico o a los negros en Louisiana. El Covid está matando, enfermando y empobreciendo, HOY, a millones de personas a lo largo y ancho de los EUA. Y aun así, la virtual mitad de los gringos, más de 70 millones, votó por el marrano anaranjado; el sujeto que convirtió el no usar cubrebocas en una bandera política, que promovió el empleo de hidroxicloroquina (y hasta de blanqueador inyectado), que evitó el cierre preventivo de comercios, que convocó a mítines multitudinarios… en corto, que no hizo nada para aminorar el impacto de la pandemia y sí, en cambio, promovió activamente el contagio. Krugman interpreta entonces este resultado electoral como una advertencia sombría: si aun en presencia contundente, directa y actual, de una catástrofe sanitaria y de las criminales acciones de su presidente, la mitad del electorado votó por más de lo mismo ¿qué esperanza podemos tener de que, algún día, ese mismo electorado cobre conciencia del aun más grave, pero más distante, problema del cambio climático? Muy pocas.

El cambio climático tiene, toda proporción guardada, similitudes con la resistencia bacteriana. Ambos son procesos causados, exclusivamente, por la codicia, la negligencia y la ignorancia; ambos son cambios graduales, que en el corto plazo parecen no tener impacto, pero que a la larga nos llevarán a la catástrofe; ambos son fenómenos que ya no podemos detener o revertir, pero que podríamos aun atenuar. A diferencia del cambio climático, además de la dimensión (el cambio climático matará centenares de millones de personas, la resistencia bacteriana apenas a 10 millones al año para mediados del sXXI), los negacionistas de la resistencia son afortunadamente pocos —entre ellos el microbiólogo francés Didier Raoult, que califica de “alarmistas” las predicciones de mortandad por resistencia; aunque cabría añadir que es el mismo al que se le ocurrió, sin fundamento alguno, que la hidroxicloroquina con azitromicina curaría el Covid. Pero arribar a medidas útiles contra la resistencia bacteriana, al igual que contra el cambio climático, requiere a la vez de un compromiso individual (e.g., que el médico se ponga a estudiar y deje de prescribir antibióticos para resfriados o bacteriuria asintomática), y de una participación política colectiva, de modo que los gobiernos intervengan activamente para frenar el abuso de los antibióticos. Estos cambios conductuales deben ser globales, decisivos, y los necesitábamos para antier; no hay espacio para titubeos, ni para medidas locales o a medias, ni para esperar a la próxima “cumbre” de políticos.

Desafortunadamente, como advierte Krugman, la mitad de los gringos parece impermeable a la realidad, incluso si les pega directamente y en tiempo real. Lo mismo parece ocurrir en Brasil, con su “Trump tropical”, y en Inglaterra, con el otro güero con problemas con el peine. Los dos países tienen mortandad incluso superior a la de EUA (relativa a la población), debida a una negligencia inverosímil, pero que no parece pasar factura a los líderes políticos. Hoy amanecí optimista, y puedo entretener la posibilidad de que, en México, no estemos tan mal: el partido de los calderones no alcanzó registro, y menos del 10% de las tiendas de campaña que los nuevos cristeros pusieron en el Zócalo estaba ocupada; con todo, casi el 50% de los votantes de 2018, también quería más de lo mismo, habiendo sumado centenares de miles de muertos derivados de la “guerra al narco”. Pero lo que pase en México es irrelevante: aquí no se abusa colosalmente de los antibióticos como en EUA, ni se hace la más mínima investigación que pueda conducir a nuevos medicamentos para enfermedades bacterianas. O sea que México se puede convertir en el modelo mundial de las acciones contra la resistencia bacteriana, y el impacto global será cercano a cero. Probablemente desciendan un poco las tasas locales de resistencia y, con ellas, el número de muertos, como ocurrió en Holanda o en Cuba; pero mientras los grandes abusadores de antibióticos, como EU, China o media Europa sigan por el mismo camino, los logros locales acabarán por diluirse. La resistencia bacteriana no conoce de fronteras: varios de los más temidos genes de resistencia han aparecido en México apenas dos o tres años después de haber sido descubiertos en otras partes del mundo.

Igual que con el cambio climático, las medidas individuales, si bien valiosas, tienen un efecto más bien simbólico: que yo, como individuo, haga lo posible por disminuir mi “huella de carbono”, tiene un impacto menor que el de añadir una gota de agua al océano. Del mismo modo, que yo como médico deje de abusar de los antibióticos, o como paciente deje de auto-prescribírmelos, disminuye en uno o dos gramos la liberación de 100,000 toneladas anuales de antibióticos al ambiente. Para que estas medidas funcionen, es necesaria la acción concertada, que casi invariablemente debe provenir de la autoridad (entre otras cosas, porque para eso se les paga); y esas acciones, también casi invariablemente, tienen efectos económicos indeseables sobre personas o grupos con gran poder político. Las petroleras se opondrán siempre a las medidas contra el uso de combustibles fósiles, del mismo modo que las farmacéuticas bloquearán los esfuerzos reales para detener el abuso de los antibióticos. Y la “autoridad”, que fue puesta para imponer los designios de esas personas o grupos por encima del interés social (no en balde se le llama “capitalismo”), nunca concertará las acciones de modo que funcionen. Y mucho menos si la sociedad se preocupa más por necedades, como si el aeropuerto será aquí o allá, en vez de por las cosas que nos van a estar matando por miles en unos cuantos años.

El Dr. Carlos F. Amábile Cuevas forma parte de la Fundación Lusara para la Investigación Científica.