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Si hay un problema que tienen los profesionales de la salud a la hora de llevar a cabo una comunicación eficaz es el ejercicio de la escucha. Normalmente, los profesionales de la salud son poseedores de la información respecto a lo que hay que hacer o bien a lo que se ha hecho para mejorar el estado de salud del paciente.

El profesional médico está habituado a hablar, es decir, informan, dan al paciente indicaciones, pautas, la medicación que debe tomar pero no se plantean que escuchar al paciente o la familia pueda tener, por sí mismo, un efecto sanador.

Escuchar y oír se utilizan de forma indistinta

Aunque escuchar y oír son dos verbos que se suelen utilizar, de forma indistinta, pero no tienen el mismo significado. El verbo oír, según el diccionario de la Real Academia Española significa: percibir los sonidos con el oído, por tanto, oír está relacionado con el proceso fisiológico auditivo, a través del mismo, se perciben las vibraciones de sonido. Es un acto involuntario, queramos o no esas vibraciones van a llegar a nuestro cerebro. En cambio, escuchar significa prestar atención a lo que se oye. Es un proceso psicológico que, a partir de lo que se está oyendo hace que el que escucha se sumerja en el mundo interior de lo que expresa.

Así que la escucha activa se puede definir, por tanto, como un acto voluntario que va acompañado de un esfuerzo mayor por parte de la persona que escucha, lleva implícito poner atención e interés para sentir lo que el otro siente cuando nos lo manifiesta.

La escucha activa alivia tensiones

Lo que la escucha tiene es la capacidad de aliviar tensiones y es que la mayoría de las veces, un paciente y/o familia se siente incomprendido porque no ha tenido la posibilidad de poder expresar abiertamente sus dudas y temores. Escuchando activamente damos al otro la posibilidad de compartirlas, proporcionando apoyo emocional y es que escuchar supone observar al otro y compaginando la escucha con la mirada podemos transmitir acogida, inspirar confianza, proporcionar atención y habilitar a la persona manifestar lo que realmente le preocupa.

Eso sí, el enemigo más importante de la escucha activa es el “ruido” y no tanto el ruido como hecho físico sino todo aquello que dificulta prestar atención al otro y algunos elementos que producen “ruido” y que impiden la escucha activa son:

  • El apuro.
  • Las resonancias excesivamente movilizantes de lo que nos cuenta respecto de nuestra propia historia.
  • El prejuicio, la tendencia a hacer juicios de valor anticipados sobre lo que nos cuentan, llegando a conclusiones demasiado prematuras.
  • La tendencia a dar consejos que no se han pedido.

La escucha activa significa superar la barrera que imponen estos elementos. Cuando esta barrera se supera, la escucha se convierte, por tanto, en un acto de ayuda.  

 

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