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Es mucha y muy preocupante la información que dejan los estudios serios en el campo de la nutrición tanto a nivel mundial como en Colombia. Y sobre los cuales se deben tomar medidas para ejercer control y realizar campañas de prevención y educación relacionados con el tema.

Según información suministrada por La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), en el mundo 690 millones de personas padecen hambre y de ellas, 1.8 millones son colombianos[1]. Esta es una tendencia que impacta directamente sobre el desarrollo del país y son determinantes sociales y económicos, sobre los que es necesario realizar un análisis.

Incluso sin medir los efectos que ha tenido la pandemia sobre la economía del país, en Colombia la pobreza aumentó, para el 2019 la tasa de pobreza monetaria (que mide el costo de las necesidades básicas en alimentación, transporte, alojamiento y servicios públicos) terminó en 37,5%, y con las primeras estimaciones se calcula que la pobreza monetaria alcanzará en 2020 entre un 47% y un 49%, lo que equivale a la mitad de la población.

En estas condiciones, queda claro que, en nuestro país, cada vez es más común adquirir alimentos para saciar el hambre, y no para nutrir. Con este factor se termina favoreciendo la paradoja: una gran cantidad de desnutrición que aumenta los porcentajes de personas obesas para completar las dos caras de una misma moneda: la malnutrición.

Las familias que experimentan inseguridad alimentaria moderada, limitan la cantidad y la calidad de sus alimentos y la falta de recursos económicos no garantiza que puedan obtenerlo. Con la inseguridad alimentaria moderada se pone en riesgo la nutrición y contribuye con el retraso en el crecimiento de los niños afectando su calidad de vida por la carencia de micronutrientes y en los adultos se incrementa el riesgo de sobrepeso y de obesidad.

Las familias en situación de inseguridad alimentaria severa, no tienen acceso a alimentos y pueden pasar varios días sin comer. Lo que afecta su salud física y mental. En Colombia las deficiencias alimentarias, en especial las de los menores de edad, afectan su bienestar de modo integral, volviéndolos vulnerables y envolviendolos en un círculo vicioso que los mantiene en la pobreza, por su incapacidad de ser productivos.

Las estadísticas muestran cifras contundentes: el 56% de la población presenta sobrepeso y el 20% de ellos, es obeso, y que, la cuarta parte de los niños se enfrenta a la desnutrición, promovida esencialmente por la baja ingesta de una alimentación saludable.

Lo que sí sobra en Colombia, son las políticas sobre seguridad alimentaria, que no pasan de ser un bonito discurso. Para revertir las estadísticas de manera progresiva la sociedad entera debe comprometerse en la tarea.

El acceso a una provisión de alimentos realmente saludables, las limitaciones culturales a la hora de consumirlos, deben dirigirse a eliminar el hambre, la desnutrición y la obesidad, que obstruyen el desarrollo del país. El compromiso debe ser general, la tarea es de todos.

[1] http://www.fao.org/hunger/es/  

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