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El deseo de vivir para siempre es un rasgo que ha acompañado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Ese deseo de persistir por encima de todas las cosas, ha sido la clave de nuestra supervivencia y los grandes cambios que, para bien o para mal, hemos obrado en el mundo.

Pero morir es parte de la vida y, de cierto modo, es lo que le da sentido. De hecho, el tener conciencia de nuestra mortalidad es lo que siempre nos lleva un paso más allá. Hace poco más de 40 años, la esperanza de vida del ser humano era de sólo 30 años y la mortalidad infantil rondaba el 50%.

Con el advenimiento de las vacunas, las medidas de antisepsia, el desarrollo de antibióticos, la creación de la ingeniería genética, etc; obviamente, de la mano con los adelantos tecnológicos que marcaron el siglo XX y se consolidaron en el siglo XXI, hemos logrado salir al paso de grandes pandemias, que de otra forma hubiesen arrasado con buena parte de la raza humana.

Hace algunos años, en el marco de una conferencia en la Singularity University de Silicon Valley, el profesor José Luis Cordeiro, afirmó que en el año 2045 el hombre sería inmortal. Sus declaraciones, causaron gran controversia, puesto a la concepción de inmortalidad que utilizó en su disertación.

Para Cordeiro, en menos de 30 años será posible dotar a las máquinas de un tipo de inteligencia artificial tan avanzada, que podremos transferir el contenido de nuestra mente a una máquina. Ahora bien, eso no significa no morir físicamente, sino que nuestra esencia pueda subsistir de una manera extracorpórea.

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¿Es posible ser inmortal?

Desafortunadamente, no. Aún cuando los científicos llevan años estudiando los genes y hábitos biológicos de los animales más longevos del mundo, el envejecimiento en todos los casos es inevitable. Y es que, a diferencia de las plantas, los animales estamos programados para envejecer y morir.

Está demostrado, que nuestras células acumulan mutaciones, producto de las sucesivas replicaciones. De hecho, el envejecimiento y acortamiento del ADN es la causa de la mayoría de las fallas sistémicas, que conllevan eventualmente a la muerte. Además, aunque lográramos encontrar la manera de alargar la vida de nuestro ADN, no podríamos rejuvenecer nuestro sistema inmune.

De hecho, el envejecimiento del sistema inmune es la razón por la cual los adultos mayores tienen más riesgo de presentar enfermedades infecciosas y mayor propensión al cáncer. Y es que, con los años, las reacciones inmunológicas se vuelven más lentas y la capacidad del sistema para detectar y corregir errores, también presenta fallos.

Desde el punto de vista demográfico, la inmortalidad también sería un grave problema. Pues la sobrepoblación, el acceso a los recursos, las inequidades sociales y el equilibrio de los ecosistemas, llevarían al mundo a un inminente colapso.

En este contexto, quizás el enfoque sea vivir plenamente durante el mayor tiempo posible, más que vivir eternamente. Se cree que, en países desarrollados se puede lograr una esperanza de vida de 120 años, para el año 2050. Pero para lograrlo, las personas deberán desde jóvenes involucrar hábitos saludables, específicamente diseñados para logra este objetivo.  

 

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