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En las últimas décadas la situación educativa de las personas con diversidad funcional o discapacidad (entendida también como capacidad diferente) ha cambiado de manera favorable. Sin embargo, este progreso no se manifiesta igual en todos los ámbitos que hacen parte de la vida de las personas. A pesar de la inclusión dada en la etapa escolar en Colombia, no es la misma en la inclusión laboral de las personas con diversidad funcional, esto aún constituye un reto para las entidades públicas, privadas y gubernamentales, todo el esfuerzo del sistema educativo por contribuir a la formación e inclusión de alumnos con diversidad funcional, se interrumpe en el momento en que finaliza su capacitación.​[1]
 
Se desencadena entonces el retorno a la exclusión de la que son víctimas en nuestra sociedad las personas con diversidad funcional, que se acentúa con mayor intensidad cuando es intelectual la diversidad funcional, debido a que son más vulnerables y son estigmatizados y recaen mayores prejuicios sociales sobre ellos.
 
Con el fin de justificar la relevancia de este tipo de formación, se debe advertir, que el acceso de los jóvenes con diversidad funcional intelectual (DFI) al mercado laboral, es una contribución a la promoción de justicia social e igualdad de oportunidades. La educación inclusiva no debe limitarse sólo a los niveles de educación escolar, sino que debe asumir la promoción de este colectivo, durante los niveles de educación superior, asumiendo sus características y singularidades, flexibilizándose para la satisfacción de sus necesidades específicas y persiguiendo, al mismo tiempo, la prolongación de su inclusión durante todas sus etapas productivas y vitales.
 
Es necesario destacar que ya en su vida productiva, las personas con diversidad funcional tanto física como intelectual, dan más de su potencial, que incluso personas con todas sus capacidades íntegras.
 
En el ámbito de la salud no es diferente. Los profesionales con alguna diversidad funcional, engloban sus limitaciones en función de las diferentes causas y las convierten en fortalezas que finalmente contribuyen en el mejoramiento de la prestación del servicio de salud.
 
Y aunque un profesional de la salud no pueda cumplir con el 100% de las funciones debido a su discapacidad, se puede tener la certeza de que cumplirá las que puede hacer, con total profesionalismo.
 
La diversidad funcional debe verse como una realidad incuestionable que aporta valor a una sociedad conformada por personas que ignoran el hecho de que ellas también son diversas funcionalmente a lo largo de sus vidas y que todas las personas con o sin una diversidad funcional son poseedoras de la misma dignidad.
 
No son muchos los profesionales de la salud con una diversidad funcional que han logrado obtener el reconocimiento de sus capacidades y su profesionalismo, pues como en todos los sectores económicos y sociales la discriminación permanece latente. Para ellos un reconocimiento especial.
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